En las últimas semanas, el Banco Central de la República Argentina aceleró una operación silenciosa pero decisiva: la venta de casi 7.000 millones de dólares en contratos de futuros con el objetivo de contener las expectativas de devaluación y proyectar una imagen de estabilidad en la recta final de la campaña. Es la mayor intervención desde que Javier Milei llegó al poder, y una de las más riesgosas desde el punto de vista fiscal y financiero.   Según datos del mercado, el BCRA duplicó su posición vendida en apenas quince días. El movimiento busca garantizar que el tipo de cambio oficial no se dispare antes de las elecciones legislativas, donde el oficialismo se juega su capital político. Pero, como advierten varios economistas, el precio de esta calma es una bomba de tiempo post electoral: el Central deberá cubrir esos contratos con reservas que ya están al límite, y el sistema financiero anticipa un “reacomodamiento inevitable” del dólar apenas se abran las urnas.     El plan, admiten en la City, fue coordinado con el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos y el fondo de Bessent, que en los últimos meses se transformó en la principal muleta del esquema económico libertario. La idea fue contener la presión del mercado paralelo y dar señales de “gobernabilidad financiera” en medio de un clima electoral enrarecido. Sin embargo, las ventas récord de futuros son también la evidencia de un Gobierno que sostiene su discurso dolarizador a base de más emisión encubierta y pérdida de reservas.   Los analistas coinciden en que Milei está haciendo exactamente aquello que criticaba cuando era candidato: manipular el mercado con intervenciones del Banco Central para llegar a una elección sin sobresaltos. “El problema no es sólo el monto vendido, sino el mensaje. El Gobierno sabe que no puede devaluar antes del 26 de octubre, pero también sabe que después no tiene margen para evitarlo”, señala un operador financiero con acceso a los despachos oficiales.   El contexto político agrava el cuadro. Con una economía frenada, inflación contenida por anabólicos financieros y un frente interno fracturado tras la salida de Werthein y las tensiones con Caputo, el Presidente busca desesperadamente exhibir control. Pero los números son elocuentes: las reservas líquidas netas se encuentran en rojo, y el BCRA actúa más como escudo electoral que como autoridad monetaria independiente.   En los despachos del microcentro admiten que el swap con Estados Unidos y China funciona como un respirador artificial para mantener el tipo de cambio a raya. Sin embargo, el propio staff del FMI advierte que estas operaciones no pueden sostenerse indefinidamente. “El problema no es cuánto se vende, sino cuánto queda”, reconoció en privado un funcionario del Fondo tras la reunión de Caputo en Washington.   Mientras tanto, en el mercado reina el escepticismo. Los contratos de futuros en Rofex anticipan una corrección fuerte del dólar para noviembre y diciembre, lo que significa que el alivio oficial podría durar lo mismo que la euforia electoral. El temor es que, al igual que en 2015 o 2023, la administración Milei esté comprando tiempo con dólares prestados y confianza agotada.   A diez días de las elecciones, la foto es clara: el Gobierno muestra estabilidad cambiaria, pero debajo del decorado hay un tablero financiero al borde del colapso. La pregunta ya no es si el dólar se moverá, sino cuándo y con qué impacto sobre la economía real. El precio de la calma, otra vez, lo pagarán los argentinos.     Canal WhatsApp: https://whatsapp.com/channel/0029VbBqLhV4tRroiQaqOB0M Y en nuestra: Red X (EX Twitter): https://x.com/El_Pulso_P