Macroeconomía

Caputo: no basta ganarle al kirchnerismo, tiene que desaparecer.

Caputo lanzó una frase que desnuda la lógica del Ejecutivo: no alcanza con derrotar al kirchnerismo en las urnas —hay que arrinconarlo y hacerlo “desaparecer” del tablero político— para que vuelvan los capitales. En una intervención pública que refleja la urgencia oficial por mostrar resultados económicos, el ministro apeló a la idea de que la inversión extranjera exige no sólo señales macro, sino la eliminación de “riesgos políticos” que, según él, persisten mientras subsista ese espacio.

  • 28/10/2025 • 14:08

 

La declaración prendió la mecha: opositores la calificaron de peligrosísima, gobernadores pidieron moderación y economistas alertan sobre la mezcla tóxica entre mensajes de mercado y ataques a la institucionalidad.
 

Luis Caputo, ministro con perfil técnico y vínculos con Wall Street, se plantó en el centro del debate público con una afirmación que resume la frustración oficial: las promesas de reformas y la llegada de dólares chocan contra el ruido político interno. Su diagnóstico es directo: la confianza internacional no se compra sólo con reformas ni con acuerdos externos; también depende de que el mapa político deje de representar “amenazas” para los inversores. Para el entorno de Casa Rosada, hay que acelerar reformas estructurales —y reducir la influencia de quienes, a su juicio, impiden decisiones dolorosas pero necesarias—. Para la oposición y buena parte del mundo institucional, la receta corre el riesgo de traducirse en autoritarismo retórico.

 

Económicamente, el gobierno viene exhibiendo algunos datos para legitimar su gestión: señales de baja inflacionaria en ciertos rubros, acuerdos abiertos con actores financieros externos y el respaldo de aliados internacionales. Sin embargo, fuentes del mercado consultadas advirtieron que la llegada masiva de capitales exige algo más que titulares: transparencia en las cuentas públicas, previsibilidad cambiaria, reglas claras para el empleo y, sobre todo, un clima político que no parezca peleado con la propia democracia. En ese punto aparece la paradoja: la inquietud por la “amenaza política” que Caputo menciona es, en buena medida, consecuencia de las mismas decisiones aceleradas del Ejecutivo —vetos, DNU y nominaciones polémicas— que alimentan el conflicto institucional y asustan a los inversores.

 

Políticamente la frase cayó como una bomba. Líderes del peronismo y referentes del espectro opositor la leyeron como un intento de demonizar y estigmatizar a un sector entero del país para justificar medidas drásticas. Gobernadores, incluso aliados que reclaman señales de diálogo, aprovecharon para pedir prudencia: aseguran que la gobernabilidad no se construye con slogans, sino con acuerdos mínimos que permitan ejecutar reformas sin romper las instituciones. En las últimas semanas, la Casa Rosada tuvo que apagar varios incendios —desde polémicas por nombramientos hasta escándalos en campañas provinciales—, y en ese contexto el mensaje de Caputo sonó menos a un diagnóstico técnico y más a una advertencia política con sabor a ultimátum.

 

Desde el punto de vista internacional, los operadores evalúan varias lecturas. Por un lado, la promesa de reformas y los guiños a actores globales generan expectativas; por otro, cualquier retórica que plantee “eliminar” a un actor político como condición para la inversión activa las alarmas sobre riesgos reputacionales. Fondos y bancos que observan la Argentina valoran señales de estabilidad institucional: un país percibido como polarizado, que cuestiona la legitimidad de amplios sectores, encarece el costo de financiamiento y estrecha el universo de capitales dispuestos a entrar. En resumen: los dólares no vienen sólo por medidas económicas, vienen por certezas políticas y jurídicas, algo que ni el mercado ni la sociedad están dispuestos a comprar a cualquier precio.

 

El tono de la Casa Rosada, aun cuando busca vender una narrativa de éxito económico, enfrenta un dilema: si se radicaliza el lenguaje contra la oposición, crece el riesgo de aislar a gobernadores y actores clave que hoy son necesarios para aprobar leyes y sostener la gobernabilidad. Si, en cambio, se modera el discurso, el oficialismo teme perder el relato frente a una base que exige mano dura. Caputo, con su frase, puso en evidencia esa tensión: los mercados piden “garantías” que la política cuestiona cómo dar sin traspasar límites democráticos.

 

La ecuación que propone Caputo —ganar en las urnas no basta; hay que desplazar políticamente a un adversario para que lleguen inversiones— sintetiza la urgencia y el nerviosismo del oficialismo. Pero también desnuda un problema mayor: la búsqueda de dólares y respaldo externo no puede ser a cualquier costo. La inversión que necesita la Argentina exige estabilidad institucional, consenso mínimo y reglas predecibles. Si la estrategia consiste en reducir la política a una variable de mercado, el gobierno corre el riesgo de pagar un precio alto: más capitales sí, pero menos democracia y menos apoyos internos para gobernar. Y eso, irónicamente, sería lo último que cualquier economía en recuperación necesita.

 

 

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