Sociedad

La pobreza vuelve a subir y golpea el relato de Milei

Después de haber caído con fuerza desde el pico de 2024, distintas estimaciones muestran que la pobreza volvió a crecer durante 2026. La pérdida salarial, el deterioro del empleo formal y una inflación que todavía golpea los gastos básicos empiezan a ponerle un límite al principal argumento social del Gobierno.

  • 15/09/2026 • 09:56

Uno de los principales logros que Javier Milei utilizó para defender su programa económico empieza a mostrar señales de agotamiento. Después de la fuerte reducción registrada desde el pico de 2024, la pobreza volvió a aumentar durante 2026 y diferentes estimaciones privadas coinciden en que la tendencia descendente se interrumpió a medida que los ingresos comenzaron nuevamente a perder contra el costo de vida.

El cambio es políticamente significativo porque la Casa Rosada había convertido la reducción de la pobreza en una de las principales pruebas de que el ajuste había funcionado. El dato oficial del segundo semestre de 2025 había mostrado una tasa del 28,2%, frente al 38,1% registrado un año antes y muy lejos del 52,9% alcanzado durante el primer semestre de 2024. Esa mejora fue utilizada reiteradamente por el Gobierno para sostener que la estabilización estaba produciendo resultados sociales concretos.

Pero durante 2026 la tendencia comenzó a cambiar. Una estimación elaborada a partir de los microdatos de la Encuesta Permanente de Hogares ubicó la pobreza del primer trimestre alrededor del 30%, lo que implicó aproximadamente 600.000 personas pobres más respecto del cierre de 2025. El propio Banco Central reconoció una tasa del 30% para ese período, aunque destacó que todavía representaba una caída de 1,5 puntos en la comparación interanual.

El deterioro no habría terminado allí. El nowcast elaborado por Martín González Rozada, de la Universidad Torcuato Di Tella, proyectó una pobreza del 31,6% para el primer semestre de 2026, con un intervalo estimado entre 30,1% y 33%. Otros especialistas también observan que la caída se frenó desde finales del año pasado y que tanto el primero como el segundo trimestre mantuvieron una tendencia de estancamiento o aumento.

La explicación aparece principalmente en los ingresos. La desaceleración de la inflación continúa siendo el principal activo económico del Gobierno, pero dejó de garantizar automáticamente una recuperación del poder adquisitivo. Cuando los salarios nominales comenzaron a avanzar por debajo de los precios, una parte de los hogares que había logrado superar la línea de pobreza volvió a quedar expuesta.

Los datos salariales muestran con claridad ese problema. En junio, el salario real promedio del sector privado registrado cayó 0,9% y acumuló dos meses consecutivos de retroceso. Por primera vez después de veinte meses, el salario medio real terminó además 0,6% por debajo del nivel de noviembre de 2023.

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El deterioro ya había comenzado antes. Durante los primeros cinco meses del año, los salarios privados registrados acumularon una caída real del 3,2% frente al mismo período de 2025, mientras los especialistas advertían que la recuperación del consumo seguía dependiendo de una recomposición de ingresos que todavía no aparecía.

El mercado laboral agrega otra señal preocupante. El Banco Central informó que durante el primer trimestre el empleo total creció 1,7% interanual, pero esa expansión estuvo concentrada en trabajadores no asalariados e informales, mientras el empleo privado formal cayó 4,1%. La economía puede generar ocupación y al mismo tiempo deteriorar su calidad, un fenómeno especialmente sensible porque los puestos registrados suelen ofrecer ingresos más estables y mayor protección social.

La combinación empieza a poner en discusión una de las simplificaciones centrales del discurso libertario: que bajar la inflación alcanzaría para producir rápidamente una mejora generalizada del bienestar. La estabilidad de precios es indispensable para reducir la pobreza, pero pierde potencia cuando convive con salarios deteriorados, pérdida de empleo formal y una recuperación económica muy desigual entre sectores.

El Gobierno tiene a su favor que la situación sigue siendo considerablemente mejor que durante el pico de pobreza de 2024 y que la inflación mensual se encuentra muy lejos de los niveles del comienzo de la gestión. Ignorar esa mejora sería distorsionar los datos. El problema para Milei es otro: la comparación política de cara a 2027 ya no será solamente contra la crisis que recibió, sino contra las expectativas que generó después de casi cuatro años de gestión.

Ahí aparece el verdadero desafío para la Casa Rosada. Una familia que consiguió salir estadísticamente de la pobreza puede volver a caer rápidamente si sus ingresos quedan apenas por encima de la canasta básica y después pierde poder adquisitivo durante varios meses. La enorme reducción conseguida desde 2024 dejó, precisamente, una franja de hogares muy vulnerable a cualquier nuevo deterioro salarial.

La situación se vuelve todavía más delicada porque los alimentos y otros gastos esenciales pueden aumentar por encima del promedio general. En julio, mientras la inflación fue del 2,1%, la canasta básica alimentaria aumentó 2,6% y la canasta básica total avanzó 2,2%. Para los sectores de menores ingresos importa menos el promedio general de precios que cuánto aumentan concretamente aquello que necesitan para comer, transportarse y sostener un hogar.

Ese escenario conecta además la pobreza con otros problemas que empiezan a dominar la agenda política: familias que recurren al crédito para financiar gastos cotidianos, aumento de la morosidad, debilidad del consumo y reclamos sindicales por salarios que quedaron retrasados. Son fenómenos diferentes, pero todos terminan mostrando la misma dificultad del programa económico para transformar la estabilización en una mejora suficientemente amplia de los ingresos.

Milei puede seguir exhibiendo como un logro la enorme caída de la pobreza respecto del peor momento de 2024, porque los números efectivamente la muestran. Pero la discusión que empieza ahora es mucho más incómoda para el Gobierno: después de tocar el 28,2% durante el segundo semestre de 2025, la pobreza dejó de bajar y las estimaciones disponibles la vuelven a colocar por encima del 30%.

La Casa Rosada necesita entonces algo más que inflación descendente para sostener su relato económico. Necesita que vuelvan a crecer los salarios reales, que se recupere el empleo formal y que la mejora macroeconómica consiga llegar de manera sostenida a los hogares.

Porque si la inflación baja pero los ingresos vuelven a perder, el Gobierno enfrenta una paradoja difícil de explicar en campaña: puede mostrar estabilidad en las estadísticas mientras una parte de los argentinos vuelve a caer debajo de la línea de pobreza.

 

 

 

 

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